La lluvia amarilla



Hace 25 años Julio Llamazares aportó a la literatura española un relato conmovedor y de una intensidad poética impresionante. Se trata de La lluvia amarilla. La novela aborda el abandono y el despoblamiento que experimentaron muchos pueblos de España con el éxodo rural. Vivimos el día a día de este hombre duro y hermético que vive en contacto permanente con la naturaleza y es el alma de su pueblo y sus últimas raíces. Sus recuerdos  y vivencias nos conectan con una España rural que nos resulta ya en ocasiones lejana.
La lluvia amarilla es la voz de alguien que se sabe muerto, es el sonido del abandono y la soledad de una aldea, es ver las zarzas y los árboles adueñándose de casas y caminos, es la madera podrida y los tejados derrumbados, es la luz brillante y fría de la luna que crea sombras y aparecidos, es el peso del tiempo y la locura, es, sobre todo, la mirada de Andrés, el último habitante de la aldea de Anielle a un mundo que se colapsa y, con él, su propia mente.
Se trata de un libro sorprendente, una novela que nos atrapa inmediatamente desde las primeras páginas. Esta obra es una llamada de atención, pues el frenético ritmo impuesto por la sociedad de consumo finisecular hace que nuestra cultura se desprenda -como si fuese una molesta carga- de esa España rural que ahora languidece en el olvido. De hecho, de todos es sabido que muchos pueblos enmohecen mientras contemplan, en su decrepitud, cómo son paulatinamente abandonados. Tal es el caso del pueblo natal de Julio Llamazares y el caso también del apartado pueblo oscense en el que transcurre la novela, Ainielle.
Citas:
“A veces, uno cree que todo lo ha olvidado, que el óxido y el polvo de los años han destruido ya completamente lo que, a su voracidad, un día confiamos. Pero basta un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado, para que, de repente, el aluvión del tiempo caiga sin compasión sobre nosotros y la memoria se ilumine con el brillo y la rabia de un relámpago”
“El tiempo acaba siempre borrando las heridas. El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas”
“Pero las casa no estaban solo llenas de fantasmas. El polvo y las arañas cegaban las ventanas y, en las habitaciones, la humedad y el olvido espesaban el aire hasta hacerlo irrespirable”
“Un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía”

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